miércoles, 21 de enero de 2015
Un jardín
viernes, 12 de diciembre de 2014
viernes, 27 de junio de 2014
miércoles, 25 de junio de 2014
martes, 24 de junio de 2014
martes, 23 de abril de 2013
Estas casas algo fallidas de Gehry son un antídoto frente a obras de perfección suiza y académica como las de Olgiati. Amplias y ligeras, perfectamente construíbles en Chile. Con materiales que aguantan el error.
jueves, 4 de octubre de 2012
miércoles, 4 de abril de 2012
miércoles, 18 de enero de 2012
Jean Prouve, sin cartón
“El arquitecto en el mejor de los casos es un hombre de negocios en el peor un abogado”, decía Jean Prouvé, arquitecto sin título y un particular tipo de empresario del diseño. Creía que el diseño y la construcción iban de la mano, que eran un matrimonio indisoluble. Por así decirlo, no creía en las licitaciones.
Poseía una fábrica llamada “Ateliers Jean Prouvé” en Nancy, donde diseñaba y construía desde sillas a casas de estructura metálica. Por más de veinte años hizo algo al parecer imposible, diseñó casas y muebles modernos con éxito comercial.
En determinado momento un grupo económico le compró un porcentaje no menor, de la fábrica, para crecer. De más está decir, que fue el comienzo del fin: llegó el control de gestión, los contadores tomando decisiones. Fue relegado a dibujar a una oficina. Un buen día, no volvió más. Tenía 52 años. Desde allí hasta su muerte fue un alma en pena. Su inspiración, el fierro, sus máquinas, su fábrica, las había perdido. Especie de cocinero necesitaba crear y cocinar sus recetas.
Jean Prouvé recomienda el trabajo práctico por sobre todo. Que la cosa se haga. Construir prototipos y mejorarlos. Trabajó a pequeña escala. Diseñó y construyó en menos de un mes una de las más bonitas casas: La del abad Pierre. Impaciente, en el mejor de los sentidos, practicaba el concepto de la casa rápida.
Pasado los 60 años una ridícula comisión del colegio de arquitectos de Francia lo instó a confeccionar un portafolio de su obra para decidir si le daban el cartón, porque no podía firmar sus planos. Se negó rotundamente. Eran otros tiempos, a nadie se le ocurría hacer magisters y doctorados.
martes, 8 de noviembre de 2011
lunes, 7 de noviembre de 2011
sábado, 5 de noviembre de 2011
viernes, 23 de septiembre de 2011
Optimismo de la nada
El pintor Francis Bacon enseña que no es necesario ir a ver las obras, trabajaba en base a fotografías, como los increíbles retratos de Inocencio X. Es más, en Roma no se atrevió a ver el retrato madre de Velásquez, por lo que le había hecho. Poseía una reproducción mínima en su taller, tapizada de pintura y pisadas. No eran copias inmaculadas de libros caros, sus copias estaban empapadas de su experiencia al pintar, arrugadas llenas de manchas. En ese cruce entre la imagen y lo pisoteado de la imagen, encontraba una idea.
Bacon enseña que el arte es un problema de foco. No dibuja ni pinta ni manos ni pies, siempre están como derretidos. Todo su energía se va a la cabeza, boca y dientes. Y a los preciosos fondos de colores vivos: naranjas, rojos y celestes. Usa la estrategia del primer plano suelto y deformado, contrapuesto con unos fondos planísimos.
No entiendo porque Bacon está catalogado como el pintor del horror, por el contrario, sus pinturas llenas de realidad me producen optimismo y alegría. Optimismo de la nada, diría él.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Una palabra complicada: Sensibilidad.
Lo digo ruborizándome, aspiro a la sensibilidad, más que cualquier cosa.
Luego, ser productivo y si se puede barato.
La sensibilidad es estar frágil, permeable, a lo que te sucede. La sensibilidad es tratar de entender lo ajeno: entender dibujando un árbol, un niño o tu mujer. El sol poniente.
“ Hacer el ejercicio de despojarse de lo propio –las ideas, los odios, las fijaciones– para intentar reconocer, conocer, entender lo ajeno”, dice el periodista Nibaldo Mosciatti.
La sensibilidad no es razonable, ni se puede enseñar, en digamos, una carrera universitaria. O en un doctorado.
Se encuentra, por lo general, solo, o en compañía de pocas personas “No soy sociable, soy íntima” decía la escritora Silvina Ocampo. Barragán tenía una mesa que sólo cabían 7 personas. Más allá, la conversación se sienta en otro lugar.













